Mis dos novelas: cuando el silencio se volvió palabra

¿Cómo se escribe un libro cuando has vivido tanto sin poder escuchar una sola palabra?
La respuesta no está en los oídos.
Ni en los libros que otros escriben.
Está en el alma.
En ese espacio íntimo y sagrado donde el dolor y la verdad se miran sin miedo.
Donde la discapacidad no es solo una condición física, sino una forma profunda de sentir el mundo, de relacionarte con él, de reconstruir tu identidad cuando todo a tu alrededor se rompe.

Escribir, para mí, no ha sido un acto de inspiración…
Ha sido un acto de supervivencia.
Una manera de ordenar el caos, de ponerle nombre al miedo, de transformar el duelo en palabras que pudieran abrazar a otras personas que también se han sentido excluidas, invisibles, apartadas.

Porque el silencio, cuando es impuesto, no es poético. Es violento. Es desgarrador.
Y lo fue para mí durante muchos años. Hasta que decidí dejar de huir de él y convertirlo en lenguaje.
De ese proceso —duro, a veces lento, siempre profundo— nacieron mis dos libros.

Hoy quiero hablarte de ellos.
De dos novelas que escribí desde las entrañas, con la herida abierta y el corazón dispuesto.
Dos obras que llevan mi nombre, sí, pero que no me pertenecen del todo, porque en cada línea están también las historias de otras muchas mujeres que, como yo, han sentido que su voz no importaba.
Mujeres con discapacidad, mujeres rurales, mujeres silenciadas por un sistema que no sabe vernos si no encajamos en lo que se espera.

Estos libros son para ellas.
Para nosotras.
Para quienes aprendimos a vivir en los márgenes, y aun así seguimos eligiendo la luz.

Sobre todo, son una promesa:
que el silencio no nos va a vencer.
No mientras haya palabras capaces de nombrarnos.

Ser la primera: entre techos de cristal y el fuego de una rebelión silenciosa

Con 29 años recién cumplidos, me convertí en la primera mujer con discapacidad auditiva y con implante coclear en llegar a ser directora en una entidad bancaria de renombre.
Ese momento, que para muchos podría haber parecido un punto de llegada, para mí fue apenas el comienzo de una carrera mucho más profunda, más compleja y mucho más humana: la de desafiar todos los techos de cristal que se me presentaban como mujer, como sorda y como manchega rural.

El mundo corporativo de la banca era —y sigue siendo en muchas esferas— un entorno masculinizado, jerárquico y feroz. Pero a mí, lejos de intimidarme, ese mundo de hombres no me coaccionaba. Al contrario.
Me hacía más rebelde, más incómoda, más incómodamente libre.
Quería posicionarme. Quería hablar aunque el sonido no fuera mi aliado.
Quería demostrar que una mujer con un implante coclear no solo podía liderar, sino también transformar.

Y sin embargo, ser mujer, tener una discapacidad visible (y muchas veces malentendida), y haber llegado a directora tan joven… era una triple etiqueta.
Una que se convertía en un techo.
Uno que no se veía, pero se sentía todos los días.

Quería romperlo.
Y por eso tomé una decisión valiente y agotadora:
me inscribí en un máster ejecutivo de alto nivel donde compartía aula con directivos y directivas de multinacionales enormes, de esas que marcan las tendencias globales.
Éramos 14 alumnos. Solo 3 mujeres. Y yo, la única con discapacidad. Y además, la única de zona rural.

No sé si alguna vez has estado en un lugar donde todas las miradas están entrenadas para evaluar, medir y competir.
Yo sí.
Allí descubrí una frase que uno de mis compañeros repitió como un dogma, como si fuera su religión de empresa:

“Aquí o eres un pez… o eres un tiburón.”
La frase resonó en esa sala con tanta naturalidad que supe que muchos de ellos la llevaban tatuada, si no en la piel, sí en la forma de mirar al otro.

Yo escuché esa frase y pensé:
yo no soy pez, ni tiburón.
Yo soy Elena. Y ya he sobrevivido a lo que ninguno de ustedes se atreve a mirar de frente.

Porque mientras ellos hacían networking y hablaban en inglés fluido en los pasillos, yo lidiaba con otro tipo de reto: las clases, los apuntes, los términos técnicos… todo era en inglés.
Y yo, que había tardado cuatro años en volver a entender el castellano tras el implante, ahora me enfrentaba a este nuevo idioma, sumado a contenidos de alta exigencia como finanzas corporativas, mercados bursátiles, fusiones y adquisiciones.

El segundo reto tenía nombre: Madrid.
Cada fin de semana, durante meses, viajaba más de 200 kilómetros desde mi casa para asistir a las clases.
Lo hacía con una mezcla de determinación, cansancio, rabia y esperanza.
Porque yo no solo quería aprender.
Yo quería sobrevivir. Progresar. Seguir ascendiendo en el banco.
Quería que ninguna mujer sorda del mundo rural creyera jamás que hay un lugar al que no puede llegar.

Y sin embargo, cuando llegué a Nueva York, la ciudad que todos idealizan como la tierra de las oportunidades, descubrí otra cara del miedo:
Allí fue donde realmente sentí que el miedo podía apoderarse de mí.
Porque el éxito no garantiza seguridad.
Porque ser extranjera, con un acento, con una historia tan diferente, sin ruido de fondo que me sirviera de guía… me hizo sentir vulnerable de nuevo.

Pero fue también en Nueva York donde las mujeres me salvaron.
Mujeres brillantes, fuertes, generosas.
Mujeres que en otro contexto podrían haber sido mis rivales, y sin embargo fueron mis cómplices, mis aliadas, mis maestras.
Mujeres que me ayudaron a convertirme en lo que soy hoy: una mujer referente, sí, pero también una mujer profundamente humana.

Volver a España fue regresar a una realidad que no siempre estaba lista para recibirme.
El banco ya no era mi sitio.
Su cultura, sus barreras, sus techos de siempre, se me hacían pequeños.
Y yo ya no cabía allí.
Cerrar ese ciclo fue doloroso, pero necesario.

Del banco salté a Ilunion, una empresa donde las personas con discapacidad no eran una excepción, sino una parte fundamental del alma corporativa.
Pasé del mundo de las ventas a la transformación digital, y de estar rodeada de personas que no comprendían mi discapacidad… a convivir con ella desde dentro, con empatía, con escucha real.

Y fue allí, entre viajes en metro por Madrid y cafés a media mañana en el restaurante de los servicios centrales de Ilunion, donde empecé a escribir.
Mi portátil, mis auriculares y mi corazón en llamas.
Así nació mi primera novela:

📘 ¿De qué trata la novela “El silencio se apodera de mí”?

“El silencio se apodera de mí” no es solo una novela. Es un testimonio vivo, una reconstrucción emocional y un grito suave pero firme que nace donde muchos no se atreven a mirar: el silencio obligado.

Este libro no nació desde la inspiración, sino desde la verdad.
Desde la herida.
Desde la necesidad visceral de poner en palabras todo aquello que durante años no pude, no supe o no me dejaron decir.

Porque perder la audición no es solo dejar de oír.
Es enfrentarse al vértigo de un mundo que, de pronto, se aleja, se apaga, se desdibuja.
Es ver cómo las conversaciones te pasan por encima, cómo los gestos se vuelven indescifrables, cómo el entorno se vuelve ajeno.
Y lo peor: cómo tú misma te vuelves ajena a ti.

La novela narra el momento exacto en el que el silencio irrumpe en mi vida, a los 21 años, con la brutalidad de una pérdida súbita e irreversible.
El desconcierto, el miedo, el duelo, la rabia, el aislamiento.
Y luego, poco a poco, el despertar.

Con una escritura íntima, valiente y a veces desgarradora, el relato atraviesa la experiencia de ser mujer joven, universitaria, del mundo rural, y de repente, sorda en un sistema que no entiende lo invisible, ni se adapta a lo diferente.
El implante coclear no es el “final feliz” del cuento.
Es apenas el comienzo de una nueva vida: una carrera de fondo en la que aprender a escuchar, adaptarse al ruido, perder de nuevo y reinventarse constantemente.

“El silencio se apodera de mí” también habla de salud mental, una dimensión a menudo olvidada en la narrativa sobre discapacidad.
Habla de la soledad emocional, del cuerpo que no responde como antes, de la ansiedad, del dolor que no se ve, y de la importancia de ser sostenida por una familia, por una red, por la palabra, incluso cuando no hay sonido.

Esta novela es también un tributo a mi madre, a mi padre, a mi entorno, a todas las personas que me amaron incluso cuando yo ya no sabía cómo amarme a mí misma.

Hoy, con más de 11.000 ejemplares vendidos, este libro se ha convertido en una referencia literaria para entender la discapacidad auditiva, el duelo que implica, y el recorrido —a veces solitario— hacia una identidad digna, completa y libre.

Pero más allá de las cifras, esta obra es un abrazo extendido a todas las personas que han vivido el silencio sin haberlo elegido.
A todas esas almas que alguna vez pensaron que no serían escuchadas.

Es mi forma de decirles:
“Yo también estuve ahí. Y aún en la oscuridad, se puede construir luz.”
Porque aunque el silencio se apodere de ti, tú puedes —como yo hice— apoderarte de él.

Elena García Caballero

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📗 Yo me apodero del silencio

La historia detrás de una segunda parte que nació del corazón roto… y de un alma en reconstrucción.

Dicen que las segundas partes nunca son buenas.
Y yo también lo creí.
Hasta que entendí que la vida, como los libros, no se escribe en un solo capítulo.
Y que a veces necesitas una segunda parte para volver a encontrarte, para recoger los pedazos y convertirlos en un relato más libre, más valiente, más tuyo.

Mis lectoras, las valientes que leyeron El silencio se apodera de mí, fueron las primeras en empujarme hacia esta continuación.
Me decían:
“Queremos saber qué pasó después. Queremos saber cómo saliste de ahí.”
Y yo no sabía bien qué responder, porque la verdad es que no salí… me transformé.

Pero antes de poder contar esa segunda parte, la vida me desbordó.

Era marzo de 2020.
El mundo se apagó.
La pandemia nos confinó.
Y yo, como tantas otras mujeres, me convertí en una novia que no pudo casarse.
Tenía todo preparado para abril.
El vestido, los sueños, las flores, la ilusión.
Y de pronto, nada.
Solo silencio.
Otra vez ese silencio, tan distinto al mío… pero igual de asfixiante.

El COVID no solo interrumpió una boda.
También arrasó mi trabajo, mis rutinas, mi seguridad laboral.
Me quedé sin empleo en un sector que tembló como nunca.
Y entonces, en medio del caos, la vida me sorprendió:
me quedé embarazada.
De mellizos.
En pleno confinamiento.
Sin contacto físico, sin abrazos, sin certezas.

Fue un embarazo duro.
Y un momento aún más difícil.
Porque lo había perdido todo: el trabajo por el que había luchado, la boda que no se celebró, la rutina que me sostenía, y sobre todo, la identidad que me definía.
Pasé de reuniones en despachos de alto nivel a pasar los días en casa, en pijama, con el cuerpo cambiando, el alma en vilo y la sensación de haber desaparecido.

Pero en esos días —eternos y agotadores— nació otra Elena.
Una más silenciosa, más serena.
Una que aprendió a vivir el ahora.
Una que encontró el valor de lo pequeño.

Ser madre sorda de mellizos fue, sin duda, el mayor reto de mi vida.
Porque el silencio que me rodeaba ya no era solo mío.
Era también el miedo de no escuchar su llanto, de no responder a tiempo, de no estar “a la altura”.
Pero lo estuve.
A mi manera.
Con mis herramientas.
Con mis limitaciones y con todo el amor del mundo.

Y ahí, en medio de pañales, biberones y noches sin dormir, decidí estudiar una oposición.
Sí.
Mientras ellos estaban en la guardería, yo me iba a la biblioteca pública cercana.
Del banquillo de dirección de un banco… al banco de madera de una sala silenciosa.
De cerrar operaciones millonarias en restaurantes de alto nivel… a comer con tupper en el parque.
Y aún así, nunca me sentí más viva.
Porque me estaba reconstruyendo.
Desde el suelo, pero hacia arriba.

Y cuando pensé que ese sería mi nuevo rumbo, la vida volvió a tocar a mi puerta.
Una llamada inesperada.
Una oportunidad.
Una consultora americana.
Una vuelta al mundo corporativo.
A la banca, a las reuniones, a las decisiones.
Pero ahora ya no era la misma.
Ahora era madre.
Ahora estaba casada.
Ahora era toda.
Y sí, ahora era libre.

De ese proceso, tan brutal como bello, nació mi segunda novela:


📗 Yo me apodero del silencio

Si la primera parte fue un grito ahogado, esta es un grito liberado.
Es mi declaración de independencia.
Mi toma de poder.
Es la voz de una mujer que ha pasado por todo… y que elige hablar desde la plenitud, no desde la falta.

En estas páginas ya no soy solo la Elena que sufre.
Ahora soy la Elena que abraza, que cría, que estudia, que sueña, que trabaja, que llora sin esconderse y que decide con la cabeza alta.

Esta novela habla de la reconstrucción, de la maternidad con discapacidad, de la culpa que arrastramos muchas mujeres, de la salud mental en la discapacidad —esa gran olvidada—, de la falta de oportunidades en el mundo rural… y de cómo una mujer puede tomar la palabra, incluso desde el silencio.

Además, este libro recoge parte de las historias reales que me han tocado profundamente gracias a mi podcast El no silencio de Elena, un espacio donde mujeres que han sido invisibles se convierten en protagonistas.
Porque no hay una sola forma de ser valiente.
Y todas las voces merecen ser escuchadas.

“Yo me apodero del silencio” no es solo un libro.
Es una promesa.
La promesa de que no importa cuántas veces caigas, si estás dispuesta a volverte a levantar.
Es un homenaje a las mujeres que se reinventan en medio del caos.
A las que hacen de los silencios su propio lenguaje.
A las que no nacimos con privilegios, pero sí con coraje.

Y es, sobre todo, una carta para ti.
Para que sepas que nunca estás sola.
Y que, si yo pude apoderarme del silencio… tú también puedes.

🧡
Elena García Caballero